martes, 22 de marzo de 2016

Las cenas del bullying

Diario El Comercio, 7 de marzo de 2016. 

No sólo has de preguntar a tu hijo si sufre algún tipo de burla en el colegio, en la calle o en el entrenamiento. Pregúntale cuál es su etiqueta, cómo le llaman. Y no sólo preguntes si recibe burlas, si es la minoría acosada. Pregúntale primero si pertenece a esa mayoría acosadora, los que atacan y los que los refuerzan o siguen la corriente. Recientemente se ha publicado una encuesta que señala que uno de cada tres niños españoles ha agredido a otro compañero. Por lo tanto, es muy probable que tu hijo lo haya hecho. Y tú, padre o madre ejemplar, al menos en la tercera parte de las ocasiones, lo justificarás, a la otra tercera parte le quitarás importancia y la última ni siquiera la conocerás. Viéndolo con la perspectiva de un adulto, los acosadores escolares, los abusones, no son más que estrellas por un día, entendiendo el final de la infancia, y casi toda la adolescencia, como horas fugaces, como un egocéntrico telonero que piensa que el público está allí para escucharle a él. Con el paso de los años, se refugian en su respetada y admirada, pero caduca, estupidez, se convierten en caricaturas, en adultos con cerebros de adolescentes. Y sus grumetes, los que los siguieron, son ahora seres grises y planos, o amnésicos sobre lo tóxicos que un día fueron. No se trata sólo de proteger a los débiles, a los pringados, porque, muchos de ellos, saldrán tan reforzados de esos momentos que, sin duda, acabarán negando una oferta de empleo a sus antiguos enemigos y nunca se habrá pronunciado con más tino la frase: quien ríe el último ríe mejor. Porque, como le dijo un amigo mío, emprendedor de éxito, a su antiguo acosador en una entrevista de trabajo –éste no se acordaba para nada de mi amigo-: gracias, por ti estoy yo aquí, entrevistándote desde este lado de la mesa. Ya te llamaremos...



Por otro lado, nosotros, adultos, podemos hacer examen de conciencia y buscar paralelismos. Con el uso generalizado del Facebook se han puesto de moda las reuniones de exalumnos. La cena del bullying -así llamó mi amigo, con un rebuscado juego de palabras con el restaurante de Ferrán Adrià, a una cena de antiguos alumnos a la que acudió-. Quedadas donde los, otrora compañeros de clase, se vuelven a ver las caras con una innegable curiosidad morbosa. ¿Qué fue de la tía más buena del colegio? ¿Qué fue del malote? ¿Quién aún vive con sus padres o quién se ha divorciado más veces? Sin embargo, vas buscando, con nombre y apellidos, a tus excompañeros y poco queda ya de aquellos niños que fueron y, sobre todo, poco queda ya de aquellas etiquetas que tan orgullosamente exhibían los más afortunados en el reparto. La tía buena, que sólo estaba buena, no ha cumplido las expectativas ni por asomo –princesa, modelo o tronista-. El malote hoy, veinticinco años después, es un pobre ignorante sin cualificación que se gasta la pensión de su madre en viajes para ir a ver al Sporting a Tenerife y le dice cada poco a su novia que él no es hombre de casarse, que es un rebelde sin causa, pero no como James Deam sino como Harry de One Direction. Sigue entrando gente… El empollón, que era feo como nadie, siendo aún feo, ya no lo parece tanto cuando luce una chaqueta de setecientos euros. El gordo, que ahora, o es un esqueleto andante con cara de David Bowie o un vigoréxico, se siente ahora tan seguro de sí mismo que resulta arrogante. Y otros muchos: donde había un gordo había una gorda que solían emparejarlos como si fueran animales de la misma especie diferente al resto. El bajito, que solía tornarse en malote como mecanismo de defensa. El repetidor solitario, que estaba por encima del bien y del mal. El futbolista, que era un crack, que iba a ser el futuro... y ¡vaya si lo es! Estamos describiendo a una cuarta parte de la clase, el resto eran meros seguidores, la plebe, de la tía buena o del malote, los populares, como diríamos en un High School de Minnesota. Sin embargo no han venido todos, faltan aquellos a los que los caudillos señalaban y la masa, los descuartizaba pasivamente como los guardias nazis que se autoengañaban con que simplemente cumplían órdenes para acallar sus conciencias. ¿Quiénes faltan? Dos tipos: por un lado, los supervivientes al daño que salieron reforzados y fuertes, resilientes y, por eso, han alcanzado la seguridad en sí mismos, la suficiente como para prescindir de ver la cara de aquellos mocosos dañinos, aquellos chimpancés con mordidas llenas de rabia; y, por otro, aquellos que se quedaron en el camino, no que hayan muerto –que, como oímos en las noticias, algunos llegan al suicidio-, sino que hoy son personas acomplejadas, inseguras y que, fruto de ese daño perenne, han tomado decisiones equivocadas y se han convertido en sombras de lo que pudieron ser. 


Y, con todo, a mi amigo le asalta la duda: ¿el ser humano es mala persona por naturaleza? Por supuesto que no, pero lo que sí podemos afirmar que en todos nosotros existe una semillita de maldad dispuesta a germinar si somos invitados a dañar a otros y eso nos otorga una palmadita en la espalda, dispuesta a florecer a través de la palabra, o el móvil. Es fácil caer en la tentación si ponemos en una balanza estar con la mayoría altiva o ser el compañero de un paria, de un intocable, que lo mejor que puede hacer es callar y dejar que se olviden de él si no se ha olvidado la propia víctima ya de sí misma. Porque en el acoso escolar, en el bullying, la parte acosadora no es una minoría, como indican los estudios, uno de cada tres, ¡no! ¡es una amplia mayoría! Es decir: los ejecutores, los arengadores y los simples observadores. Todos ellos culpables, todos ellos, en mayor o menor medida, malas personas. Y todos ellos, en menor y mayor medida, respectivamente, recuperables. Porque para llegar al éxito en este mundo actual, de voluntades e intereses interconectados, debes causar en los demás emociones positivas, aunque sea por mera estrategia, y alguien que ha aplastado la autoestima de otro, en cualquier etapa de su vida, tiene algo de mala persona que puede quedarse en una mera pepita arrugada e inerte en el medio de la garganta, como puede convertirse en un sociópata de por vida.

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