Conocí a Carlos cuando cumplió
los treinta. Tenía una licenciatura universitaria y un sueldo de setecientos
euros como dependiente en una tienda de informática. Obviamente vivía en casa
de sus padres porque no podía permitirse un alquiler. Para él la vida era
injusta y su jefe un explotador. Tengo claro que si hay algo que admiro en una
persona es su habilidad para la autocrítica, y Carlos no era precisamente un
modelo. La pregunta que me planteo es: ¿Hemos matado la autocrítica?
Me sorprendió la actitud
condescendiente de su padre:
