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domingo, 17 de septiembre de 2017
martes, 22 de marzo de 2016
Las cenas del bullying
Diario El Comercio, 7 de marzo de 2016.
No sólo has de preguntar a tu hijo si sufre algún tipo de burla en el colegio, en la calle o en el entrenamiento. Pregúntale cuál es su etiqueta, cómo le llaman. Y no sólo preguntes si recibe burlas, si es la minoría acosada. Pregúntale primero si pertenece a esa mayoría acosadora, los que atacan y los que los refuerzan o siguen la corriente. Recientemente se ha publicado una encuesta que señala que uno de cada tres niños españoles ha agredido a otro compañero. Por lo tanto, es muy probable que tu hijo lo haya hecho. Y tú, padre o madre ejemplar, al menos en la tercera parte de las ocasiones, lo justificarás, a la otra tercera parte le quitarás importancia y la última ni siquiera la conocerás. Viéndolo con la perspectiva de un adulto, los acosadores escolares, los abusones, no son más que estrellas por un día, entendiendo el final de la infancia, y casi toda la adolescencia, como horas fugaces, como un egocéntrico telonero que piensa que el público está allí para escucharle a él. Con el paso de los años, se refugian en su respetada y admirada, pero caduca, estupidez, se convierten en caricaturas, en adultos con cerebros de adolescentes. Y sus grumetes, los que los siguieron, son ahora seres grises y planos, o amnésicos sobre lo tóxicos que un día fueron. No se trata sólo de proteger a los débiles, a los pringados, porque, muchos de ellos, saldrán tan reforzados de esos momentos que, sin duda, acabarán negando una oferta de empleo a sus antiguos enemigos y nunca se habrá pronunciado con más tino la frase: quien ríe el último ríe mejor. Porque, como le dijo un amigo mío, emprendedor de éxito, a su antiguo acosador en una entrevista de trabajo –éste no se acordaba para nada de mi amigo-: gracias, por ti estoy yo aquí, entrevistándote desde este lado de la mesa. Ya te llamaremos...
lunes, 2 de marzo de 2015
Psicología del integrista
En la guerra de Ruanda los paramilitares
tenían auténticas escuelas de formación de psicópatas. Sólo tenían que
secuestrar a un niño y a su madre, darle una pistola al niño y que un
guerrillero le apuntara en la sien mientras le decía: - mátala o te mato. El
niño mataba a su madre para sobrevivir y, a partir de ahí, matar era más sencillo,
incluso, rutinario.
En 1974 el psicólogo de la Universidad de
Yale, Stanley Milgram, publicó un artículo llamado “Los peligros de la obediencia”;
en él se describe el resultado de un experimento que muestra hasta qué punto el
ser humano puede llegar a ser cruel con otras personas sólo por estar
obedeciendo a gente importante, y con aparente solidez de razonamiento, que le
dicen que eso que hace está bien, trasladando la responsabilidad de sus actos a
la autoridad que le marca las pautas. Demostró que dos de cada tres personas en
esa situación podemos llegar a ser auténticos psicópatas por esa evasión de la
responsabilidad. Pero, si además, esas autoridades nos educaran desde
pequeñitos para deshumanizar al enemigo y convertirlo es meras cucarachas y,
además, tras estos maestros se encontrara un dios todopoderoso del que, dicen, mana
esa teoría y, como punto lógico, tus dudas, si es que te quedan, se despejaran
viendo a tus seres queridos sufrir a manos de las cucarachas y tu dios
humillado en la portada de una revista… Sin duda, ojo, sin ninguna duda, te
harías a un lado a la hora de juzgarles o, en el peor de los casos, te
convertirías en un integrista. ¿Y cuál es el paso de integrista a terrorista?
Solamente un asesinato, solamente una muerte porque la segunda es mucho más
sencilla. Pero ¿cómo se llega a sentir un odio tan profundo como para unos
seres humanos identifiquen a otros, que no conocen de nada, como virus
despreciables?
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